domingo, 11 de marzo de 2018

Lo que amas...


Empezamos a hablar sobre el ikigai en el post anterior. Hoy exploraremos una de sus dimensiones.



Lo que amas es fruto de dos fuertes experiencias humanas: la pasión y la misión.

No nos referimos a pasión desde el aspecto de amor carnal o apego, pero sí aquello que te motiva porque te sientes atraído, solo que es más que atracción: lo harías aun estando cansado, después de un difícil día de trabajo.

Es común que pensemos en lo que amamos con conceptos o ideas, muchas veces de forma platónica. Sin embargo, cuando realmente hay pasión hacia algo, caminaremos el kilómetro extra, daremos la energía que no tenemos para que algo se realice…

Sin embargo, no basta, pues al hacer eso, puedes estar incluso aumentando una obsesión personal. La misión funciona como un factor de equilibrio que le da a la pasión una razón de ser: no solo camino el kilómetro extra, sino que lo hago porque es parte de mi misión.

Ikigai es sobre equilibrio dinámico y en este caso, la pasión le da calor y vida a la misión que, de lo contrario, se podría convertir en un ejercicio intelectual. Misión con pasión es hacer lo que amas.

Pero si sientes que haces algo que no amas, aquí va un método que te puede ayudar:
  1. En primer lugar, mira si puedes parar de hacerlo o cambiar algo para que pases a amarlo. Si es posible, cambia; un camino de cambio personal solo hace sentido si realmente es necesario.
  2. Si no es posible cambiar, alinea lo qué haces con algo que te apasiona. Por ejemplo, si trabajas en un escritorio y casi no te mueves, pero te motiva y fascina salir a caminar, busca agendar un tiempo para realizar algunas acciones de trabajo como hacer llamadas mientras caminas.
  3. ¿Cuánto conoces de tu misión o propósito en la vida? Un método para encontrar la misión personal consiste en reflexionar, teniendo en cuenta que tu misión es aquello que estás destinado a hacer, pero está presente cuando hay satisfacción profunda. No necesariamente lo que hiciste te entregó este contentamiento; encuentra lo que está oculto por detrás de las acciones. Un ejemplo es que te sientas muy satisfecho cuando ayudas en el voluntariado de tu iglesia o templo; tu misión no es ser voluntario, sino entregar a otros lo mejor de ti mismo, algo que puedes hacer desde tu escritorio.
  4. Encaje lo que ya realizas a la misión, algo que no siempre es físico y directo. Digamos que te gusta ayudar a otros y sientes que en tu trabajo no hay oportunidades; en vez de cambiar de empresa o carrera, puedes cambiar tus pensamientos, enfocándote en el hecho de que el salario que recibes o la seguridad que te brinda esa posición te facilita en ser voluntario, que a su vez te ayuda a entregar lo mejor de ti mismo.
  5. El ikigai es dinámico en su forma, así que, de vez en cuando, vuelve a hacer este ejercicio, pues es posible que encuentres nuevas respuestas y resultados.


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