domingo, 10 de julio de 2016

Hablando el idioma del corazón

Desde niño, lenguas me ha parecido un tema fascinante. Criado por una abuela española en Brasil, no dominé el idioma portugués hasta cuando tenía 6 años de edad. Más tarde, entré en contacto con el idioma inglés y español y hoy manejo los tres de forma óptima.

Pero no es suficiente si te quieres comunicar con el mundo, incluso con personas que hablan estos idiomas. Malos entendidos suceden todo el tiempo pues aunque el mensaje sea claro, nuestra percepción, potenciada por el excelente equipo natural que es el cerebro, acaba cambiando lo que se quiere decir.

En mi caso, recuerdo dos situaciones bastante chistosas. La primera sucedió cuando vivía en Santiago, donde aprendí a hablar español. En mi afán de parecerme un local, empecé a utilizar mucho las expresiones coloquiales. Un día, alguien llamó al citófono del apartamento donde vivía; mientras le contestaba y presionaba el botón para abrir la puerta, otra persona concluía una muy triste historia, a la cual le contesté ¡Qué lata! Bueno, en mi percepción, era una forma simpática informa de reaccionar, pero también se usa cuando alguien que no quieres aparece… Resulta que persona que iba a subir al apartamento nunca lo hizo y tomó como un insulto el comentario.

La segunda es más sencilla: en la India, desde la primera vez que fui, busqué escuchar y hablar inglés, obviamente con muchos errores… Un día llegó un tren cargado de toneladas de coal… Resulta que mal interpreté el carbón, que es lo que llegó con cow, y me quedé pensando como podían haber llegado tantas toneladas de vaca…

Los años pasarían y fui viendo que hay otros idiomas que son más efectivos, uno de ellos es el idioma del corazón, cuando logras sintonizarte con la otra persona y experimenta que la energía entre los dos o varios fluye de manera natural.

No requiere traducción, pues se comprende de manera universal. No hay malos entendidos, pues el corazón se expresa de forma incondicional. No necesita pensarse mucho para poder responder; todo lo contario, mientras menos se piensa, mejor será la respuesta.

¿Cómo se hace?
  1. Piensa en qué
    quiere transmitir al otro.
  2. Siéntelo dentro de tu propio ser.
  3. Mira en los ojos.
  4. Y comunica como quieras: por escrito, con palabras o gestos.
  5. Oye lo que el otro no habla; siente tu energía y vibración.
  6. Deja que esto entre al oído del corazón.



Tal vez un día no necesitemos tantos traductores, pues habremos aprendido esta lengua única.

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