¿Confías en la forma en que manejas las cosas?

 Recientemente estaba pensando en cómo administramos nuestra propia vida, no en términos filosóficos amplios, sino en cosas muy sencillas. Objetos. Reuniones. Dar vueltas a la manzana.

Y he notado algo: las cosas se han vuelto... Un poco más complicadas.

Desde el COVID, mi forma de gestionar el tiempo ha ido empeorando poco a poco. Antes se sentía casi natural, casi preciso. Ahora se siente más pesado, fragmentado. Y no creo que sea el único. Mucha gente parece estar teniendo dificultades para saber cómo manejar sus propias cosas.

En mi caso, justo después o durante la pandemia, creé nuevas rutinas, nuevas actividades, nuevas formas de usar mi tiempo. Entonces tenía sentido. Pero ahora, con la vida presencial de vuelta por completo, todo se solapa. Lo que funcionaba antes ahora está creando fricción.

Quizá cada persona tenga una versión diferente de esta historia. Pero la sensación es similar: hay algo en la forma en que gestionamos nuestras vidas que necesita una actualización.

Y aquí viene la parte interesante.

No solo manejamos las cosas, desarrollamos una forma de manejarla. Casi como un sistema operativo personal: lo aprendes, lo refinas y sin darte cuenta... se torna un hábito.

Como alguien que pasea a sus perros siempre de la misma manera, a la misma hora y con la misma ruta. Funciona. Hasta que un día, ya no; los perros cambian, el entorno cambia o simplemente la vida demanda un ritmo distinto.

Aún así, tendemos a seguir haciendo lo mismo, ignorando las señales, evitando enfrentarnos a la nueva realidad o porque no sabemos qué hacer.

La realidad, sin embargo, no espera. La tecnología cambia, las dinámicas sociales evolucionan, y la salud, las prioridades, incluso nuestras motivaciones internas... Todo se mueve. En silencio, pero constantemente.

Y de repente, la forma en que solíamos gestionar la vida empieza a parecer anticuada.

Quizá cambiar la forma en que afrontamos las cosas sea más difícil que lidiar con las cosas en sí.

Una opción es reforzar el control. Microadministrar y tratar de arreglarlo todo prestando atención a cada pequeño detalle da una sensación interesante. Y, paradójicamente, esto a menudo hace que todo se sienta aún más abrumador, como si la vida se hubiera vuelto  una colección de pequeños fragmentos urgentes. Los emails, por ejemplo...

Otra opción es más sutil y quizás más desafiante: pasar de la gerencia al liderazgo. La gestión consiste en administrar tareas. El liderazgo consiste en establecer una dirección.

Cuando confiamos en nuestra dirección, no necesitamos controlar cada paso y puede que eso nos dé un cierto margen. Podemos cometer errores, fallar u olvidar hacer algo... Y fluimos, arreglando lo que se necesita, cambiando lo que se requiere y disfrutando mucho más de la vida.

Por supuesto, confiar en el proceso no significa ser descuidad@, sino reconocer que no todo tiene que estar bien controlado para funcionar.

Lo que realmente necesita cambiar no es la cantidad de cosas... sino la persona que intenta hacerlas. Yo, tú...

Y ese cambio, aunque incómodo, podría ser precisamente lo que devuelve el equilibrio.

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