Manejando los desequilibrios
Hay una dinámica en la vida que a veces olvidamos: un juego constante entre equilibrios y desequilibrios. Buscamos estabilidad, por supuesto, pero eso no significa que todos los desequilibrios sean negativos o que debamos eliminarlos inmediatamente.
En un camino de
autoprogreso pueden aparecer diferentes formas de inestabilidad. Podemos
aislarnos socialmente, trabajar demasiado, estar pasando por un cambio
importante, comenzar un nuevo trabajo o una nueva etapa de vida, o simplemente
encontrarnos en una situación cuya duración y resultado desconocemos.
Por eso, quizás el
primer paso no sea luchar contra el desequilibrio, sino comprenderlo. ¿Qué
tipo de desequilibrio estoy viviendo? ¿Es algo temporal? ¿Es consecuencia de un
cambio que estoy haciendo voluntariamente? ¿Está perjudicando mi vida? ¿O
quizás está mostrando que necesito construir una nueva forma de equilibrio?
Algunos
desequilibrios duran unas pocas horas, días o meses. En esos casos, la calma y
la tranquilidad pueden ser grandes aliadas, y también la proactividad y la
creatividad. No se trata solamente de esperar a que la situación termine, sino
de descubrir qué puedo hacer mientras la estoy viviendo.
Otros desequilibrios
pueden durar más tiempo. Pensemos, por ejemplo, en comenzar un nuevo trabajo o
una nueva carrera. Durante un período puede ser necesario aprender, cambiar
hábitos, adaptarse a nuevas exigencias y aceptar que no todo estará bajo control.
Allí, la resiliencia se vuelve importante, pero también el apoyo de otras
personas. Un@ coach, un@ familiar o un@ amig@ pueden ofrecer una mirada
diferente, específicamente si la propia visión está nublada por la
situación.
Y hay desequilibrios
que parecen no tener una fecha clara de finalización. En estos casos, vale la
pena investigar, observar y comprender mejor lo que está sucediendo. No
necesariamente todo desequilibrio es malo. Algunos pueden ser precisamente
el camino hacia un equilibrio más sano, más duradero y más auténtico.
Por supuesto,
también existen inestabilidades que sí perjudican. Una incertidumbre tóxica,
por ejemplo, puede consumir mucha energía. Allí entra en juego el autoliderazgo:
no siempre podemos controlar las circunstancias, pero podemos buscar
alternativas, tomar decisiones y seguir avanzando en lugar de quedarnos
atrapados esperando que todo vuelva a la normalidad.
La meditación puede ser otra gran aliada. No porque vaya a
hacer desaparecer mágicamente los desequilibrios externos, sino porque puede
ayudarnos a encontrar un punto de estabilidad interna desde el cual
enfrentarlos de otra manera. Cuando el mundo exterior cambia constantemente,
tener un espacio interno más estable puede hacer una enorme diferencia.
Junto con todo lo
anterior, quizás sea necesario mirar algo todavía más amplio e impactante: el
propio estilo de vida. Además de meditar, puede ser útil revisar hábitos,
dieta, rutina de ejercicios físicos, la manera de trabajar, el descanso, las
relaciones y hasta la forma en que estamos utilizando nuestro tiempo y nuestra
energía.
Finalmente, hay algo
más que puede transformar profundamente ese espacio interno: la gratitud.
Una verdadera ola de gratitud puede cambiar la manera en que observamos lo que
estamos viviendo. No significa negar las dificultades o reafirmar de que todo
está bien cuando no lo esté. Es reconocer también aquello que sí está
funcionando, lo permanente, las lecciones y las posibilidades que todavía
tenemos.
Quizás el equilibrio
no consista en vivir sin desequilibrios como es costumbre pensar. Tal vez
consista en aprender a pasar por ellos sin perder nuestro enfoque.
La vida seguirá
teniendo movimientos, cambios e incertidumbres. Y nuestro autoprogreso no
depende de evitar todas esas experiencias, sino de desarrollar la capacidad de
vivirlas de una manera cada vez más consciente, estable y saludable.
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